Lactancia materna

La OMS recomienda la lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses y a partir de ahí que se mantenga hasta que se pueda, como mínimo hasta los 2 años.

Esto sería perfecto siempre y cuando todas nosotras pudiéramos asegurar la alimentación total de nuestro bebé durante 6 meses dándole exclusivamente el pecho.

Lo primero que quiero decir a este respecto es que la lactancia materna, al igual que casi todo lo que rodea a la maternidad, es una decisión muy personal. Hay mujeres que deciden no dar el pecho y es tan respetable como aquella que decide darlo hasta los 3 años.

Hay otros casos, como el mío, en los que la madre decide dar el pecho, se esfuerza muchísimo por hacerlo, pero no puede ser.

Dar el pecho para mí era un objetivo a alcanzar, quizá el siguiente objetivo más importante después del parto. Era otra de esas cosas que tenía clarísimas antes de dar a luz. Yo quería dar el pecho exclusivo hasta los 6 meses.

Pero las cosas no son tan fáciles como nos las planteamos.
Nada más nacer Raúl y siguiendo las instrucciones de las matronas, me lo puse al pecho, pero debía estar demasiado emocionado con su llegada al nuevo mundo, porque no hizo ni ademán de probarlo.
A partir de ese momento, le fui poniendo insistentemente cada tres horas, fracasando en cada intento.

Menos mal que tuvimos en el hospital una matrona majísima en la planta que se encargó de ver que es lo que fallaba, y ayudarnos a solucionarlo.
En mi caso no fue posible darle el pecho sin pezoneras, ya que el pequeño tenía una boquita muy pequeña y mis pezones eran grandes.

La matrona del hospital al igual que la del centro de salud que me llevaba, me explicaron que había que poner al bebé al pecho cada tres horas y que cuando este se durmiera, es porque ya estaba saciado.
Así que así lo hacíamos.

Raúl estuvo tomando pecho exclusivo los 12 primeros días de su vida. Os puedo asegurar que fueron unos días horribles, porque el niño lloraba muchísimo, tenía cólicos y tardaba una eternidad en comer. Como ya os dije, tardaba cerca de hora y media en comer y a la hora y media volvíamos a empezar.
Además, al contrario que para otras madres, para mi dar el pecho no era nada agradable ni bonito, todo lo contrario.

A los 12 días le llevamos a la primera revisión con la pediatra y después de pesarle y ver que el canijo apenas había cogido 60 gr en esos días, nos mandó al hospital.
Si, habéis leído bien, 60 gramos en 10 días. Normalmente los bebés recién nacidos deben coger unos 20 gramos al día.

Así que en el hospital le hicieron alguna prueba, porque la pediatra le veía muy amarillo, y ante nuestro asombro nos quedamos ingresados, no por la bilirrubina que era lo que se sospechaba, sino por una infección de orina.

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Las infecciones de orina en bebés son bastante comunes, pero claro, esto no lo sabes cuando llegas al hospital y te encuentras con todo de sopetón. Muchas veces están provocadas, al igual que en los adultos, por deshidratación.

Nadie en el hospital te dice directamente que el problema que ha tenido el niño es una falta de alimento, evidentemente. Pero tú vas atando cabos y lo acabas entendiendo.
Os podéis imaginar el disgusto y la desesperación cuando te explican que el bebé está mal alimentado, que la leche materna no es suficiente y que hay que darle biberones para complementar su alimentación.

En ese momento, os aseguro que me sentí la peor madre del mundo, sentí que no valía para esto. ¿Cómo es posible que no hubiera sido capaz de ver que mi hijo pasaba hambre? ¿no se supone que las madres tenemos un vínculo especial con nuestro bebés desde que nacen y les entendemos?

Es una situación muy difícil, os lo prometo. Con alguna mami que lo he hablado, que pasó por la misma situación coincide conmigo. Es muy duro enfrentarse a esa situación y a ese sentimiento.

Así que nos tuvieron allí ingresados 10 días, en los cuales pesaban a Raúl antes y después de cada toma de pecho, para ver cuánto había mamado y nos traían un biberón para complementar cada comida. Bromeábamos con las enfermeras lo fácil que sería todo si tuviéramos un medidor en la teta, para saber cuánta leche bebía en cada toma. Si lo necesario en cada toma eran en aquel momento cerca de 90 ml, de mi pecho apenas salía, en la toma que más, 40.

Imaginaos la necesidad que tenía nuestro pobre hijo, que en los primeros días en el hospital cogió una media de 100 gramos al día.

Y así siguió siendo la alimentación de Raúl hasta que con un mes de vida, le ponía al pecho y me decía que trabajara yo, que a él le diera biberón que era más fácil.

Yo me seguí sacando la leche, no quería dejar de dársela por eso de que tiene defensas necesarias para su desarrollo y esas cosas.

Pero cuando apenas tenía un mes y medio se me retiró.

La conclusión a la que yo llego con todo esto, es que no hay que cerrarse a una opción ni obsesionarse con ello.

Hay veces que las cosas funcionan a la perfección, como es el caso de una amiga mía, que su bebé tiene ya nueves meses y no ha probado la leche de fórmula. Pero otras veces las cosas se tuercen.

Todas las posibilidades y opciones son buenas. A estas alturas de la vida las leches de fórmula está muy logradas y los niños crecen igual de sanos que con el pecho.

Lo más importante de todo, es no agobiarse. Las cosas salen como salen, y no pasa nada por no poder darle el pecho.

Sea por decisión propia o porque nuestro cuerpo no produce suficiente, o de buena calidad, al bebé no le va a pasar nada por no estar alimentado a base de leche materna. Que es mejor, sí, pero no es imprescindible.

Tanto en el parto como en la lactancia las cosas pueden no salir como planeamos, de hecho en la mayoría de los casos no sale como pensábamos que iba a salir. No pasa nada.

No sabéis lo que yo hubiera dado por queme hubieran explicado esto antes del parto. Posiblemente lo habría normalizado y no se me hubiera hecho un mundo con cada bache.

Espero que a vosotras os sirva.

Animaos y contadnos vuestra experiencia.